En el marco del 80° aniversario del histórico Campeonato del Sur obtenido por la selección de Florida en 1946, el escritor floridense Marciano Durán compartió un emotivo relato que recupera no solo la gesta deportiva, sino también las historias humanas, los valores y la identidad que rodearon aquel título inolvidable.

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A 80 AÑOS DE AQUEL CAMPEONATO DEL SUR. PARA QUE SIGA EXISTIENDO.

La Historia está hecha de historias. De historias más pequeñas. Que a su vez están hechas de cosas que les pasan todos los días a las personas comunes.

Como diminutas cañadas que corren entre las piedras, como arroyitos que en tramos se vuelven hilos, sin la conciencia de que son ellos los que alimentan generosamente al rio grande de la Historia, ahí sí, escrita con mayúscula.

Con la humildad de quien no se siente importante. pero que al final termina depositando sus aguas casi en silencio y haciendo grande, junto a otros arroyos, al océano de la Historia.

Y mi padre me contó mil historias. Supe de Uruguay Campeón del Mundo en 1950. Yo no había nacido aún en ese año. Pero diez, quince años después, me dormía escuchando sus relatos de esa gesta. Y me decía que fue un señor llamado Juan López el entrenador que consiguió esa hazaña junto a un grupo de jugadores excepcionales.

Y también me contó que, cinco años antes de ese 16 de julio, el mellizo López había llegado a Florida.

—¿A jugar al fútbol, abuelo? - preguntó uno de mis nietos.

—No exactamente. Llegó a dirigir a la selección de Florida. Y mi papá, el bisabuelo de ustedes tuvo el honor de vestir la albirroja que terminara como campeón del sur ese año.

—¿La albirroja? - preguntó otro.

—Sí. La camiseta de Florida es blanca y roja. Parecida a la de Paraguay, o a la del Real Madrid. Y papá (el que está en ese video intercambiando banderines) me contaba que Juan López además de dirigir a Florida debía cumplir con su trabajo en Montevideo. No faltaba nunca ni llegaba tarde. Era un tipo muy responsable. Entraba a las siete y media de la mañana y recién a media tarde podía salir rumbo a Florida, y se iba en motocar.

—¿Motocar?- ¿Una moto?

—No. Para que lo entiendan fácil: era como un ómnibus grande que corría por las vías del ferrocarril. Entrenaba al grupo hasta tarde en la noche. Hizo doce prácticas en un mes y con eso le dio para presentar a su equipo y enfrentar a todas las selecciones del Sur. Decía que era un tipo muy especial, muy humilde. No le gustaba dar entrevistas y era muy querido por todos. Papá usaba una palabra para definirlo que con el tiempo entendí qué quería decir: "Juancito era muy campechano".

—¿Campechano?

—Sencillo, buena gente.

A lo mejor lo que más le impresionaba a mi padre era que Juan López era un hombre de fe, que incluso fue catequista.

-Bueno… dijo con picardía el mayor- como para no ganar, les daba la comunión en el vestuario antes de entrar-

-No creo que tanto, pero ahora con el tiempo, me parece que lo que impresionó a papá era los valores de Juan.

- ¿Por ejemplo? - preguntó el más chico.

-Me contó que cuando salieron campeones en Durazno, en pleno festejo los llamó a todos los jugadores y les pidió que “los cantos” los dejaran para después, para cuando ya no estuvieran en la ciudad. Por respeto- les dijo. No es justo celebrar frente a la tristeza del otro.

-¡Jaja, eso es increíble! El extraterrestre no era tu padre, era el mellizo.

-Tenía una frase que siempre repetía: “El mejor de todos nosotros, somos todos nosotros”. Y papá estaba orgulloso de haber formado parte de ese grupo.

Esas cosas me contaba el viejo. Y me hacía cuentos de otros floridenses: del Pepe de León, del Cono Caminatti, de José Víctor Mendizábal, de José Dibarboure, del Vasco Yaurretche, de mi padrino Sixto Torres, de Loreto Balles y de muchos mas que aún recuerdo pero que no les voy a nombrar porque ustedes no tienen ni idea quienes eran.

-No, ni idea- dijo uno de mis nietos.

-Y siento que papá fue incorporando valores de cada uno de ellos. Y nosotros -sus hijos y sus nietos- también traemos en el ADN algo de aquellas historias. Historias que nos hacen defender nuestra identidad, el lugar donde nacimos, el orgullo de ser de allí.

-Pero abuelo, nosotros no nacimos en Florida.

-Yo dije el lugar en que nacimos. Cualquiera sea. Que ustedes amen esta ciudad donde nacieron, que la defiendan, que defiendan su identidad, creo que es parte de esa herencia.

-Veinte años después, cuando Florida volvió a salir campeón, papá recorrió casa por casa a los jugadores del 46. Escribió una carta para saludar a los nuevos campeones —que si quieren les muestro una copia— y les pidió a sus compañeros que la firmaran.

Eso sí, pidió disculpas porque no consiguió todas las firmas de quienes salieron campeones en el 46: Santana y el “Chalonga” Pérez habían fallecido unos años antes.

-Difícil pa´ que firmaran- dijo el más chico.

-En 1996, a los cincuenta años del título, lo acompañé a un homenaje que hizo el diario El Heraldo a los campeones del 46. Quedaban solamente seis. Cierro los ojos y todavía los veo: Robinson, Vaz, García, Sosa, Héctor Pelusso (el sastre) y papá.

-Hoy 6 de febrero, se cumplen ochenta años. Y nosotros seguimos recordando esas historias. Esos arroyos.

Y estoy convencido de que cada vez que lo recordamos, cada vez que lo contamos, de alguna manera Florida otra vez, sale campeón del 46.

Eso quería contarles, y agradecerles por recuperar y por darle vida a esas fotos y agregarles la voz de Valentín.

 

Marciano Durán